Entre el euro a toda costa y el coste del no euro, por Ignacio Molina y Federico Steinberg
Tenemos dos narrativas bien distintas, cada una con su parte de razón. Están en lo cierto quienes postulan un europeísmo crítico y exigente: no todo lo que viene de Europa es bueno para nuestra economía y cohesión
Es inevitable establecer paralelismos entre el duro plan de ajustes aprobado por el Gobierno del Partido Popular y el que el anterior ejecutivo socialista adoptó en mayo de 2010. Una primera equiparación podría hacerse desde la óptica electoral partidista, al hilo de la amplia contestación que los últimos recortes están suscitando en las calles y con el recuerdo del profundo deterioro que en su día sufrió la base de apoyo a Rodríguez Zapatero. Sin embargo, no es ese el enfoque que nos parece más relevante y, de hecho, el auténtico interés de la comparación entre las consecuencias políticas de los dos paquetes de ajustes no tiene que ver con un hipotético nuevo trasvase de votos entre PP y PSOE, sino justamente con la cierta vacuidad que podría estar ya afectando al juego político nacional entre mayoría y oposición. Esto es, la creciente impresión de futilidad que tiene la alternancia política en las actuales circunstancias si el gobierno de turno debe renunciar a su programa y recorrer la única senda posible, que consistiría en mantener “cueste lo que cueste” a España dentro del euro. Si el margen de maniobra es mínimo porque nuestra democracia está intervenida y debemos implementar sin más las recomendaciones que nos imponen Bruselas, Fráncfort y Berlín, entonces no sería descartable que en los próximos años se fuera erosionando la tradicional dialéctica protagonizada por los dos grandes partidos. De modo similar a lo acontecido en Grecia, o a lo que puede ocurrir pronto en Italia, se iría fragmentando el escenario político mientras emerge una nueva línea de fractura sobre el umbral de sufrimiento económico y erosión democrática a partir del cual la pertenencia de España al euro dejaría de ser deseable. En definitiva, el euro terminaría destruyendo los principales activos de España: la estabilidad de su sistema político y su (aún) relativamente alto nivel de cohesión social. (El País, 24.7.2012)



















